Dice Pablo Casado, España cañí remasterizada, que Sánchez busca fortalecer al separatismo. En lugar de pedir a la gente que cuelgue banderas en los balcones, o a los científicos que localicen el átomo nacional, el pegotón ibérico, para hacer pastillitas con él y dárselas a los nenes en el desayuno, y así si no rinden en el cole por lo menos harán que se rindan sus compañeros multiculturales, el líder de los sociolistos parece más inclinado a amenazar a Torra, president per accident, con una nueva aplicación del famoso artículo 155, que no sé si fortalece al separatismo o no porque ya ni ellos se aclaran me temo. Porque hace ya tiempo que la cosa consiste en ver quién se pone más tieso con los catalanes, o quién más morcillón. Decir dicen todos un poco lo mismo, que de unilateralidad ni hablar, claro que Sánchez un poco más a lo moderntalking y Casado rollo José Luis y su guitarra cuando reclamaba el Peñón - lo de Rivera ya es puro punk, ahí con chapas, cintas de colores, pintadas con spray... Y es que no es lo que les dices a los separatistas, sino cómo se lo dices: en qué tono, con qué intensidad, a qué volumen... Sin olvidarnos de los gestos y ademanes, que no es lo mismo salir con cara de póquer que con la de a ver dime el porqué, o con una expresión de institutriz severa de esas de te voy a echar de la clase europea y darte con la fusta como no te comportes. Es igual que en los artículos: cuando en realidad no tienes nada nuevo que decir lo que haces es ponerte a los hallazgos, a divagar, y por supuesto a meterte con los candidatos y presidentes, que es todo un clásico. Si la actualidad gira inevitablemente en torno a un mismo tema, así como en bucle, y además sin posturas nuevas ni nada que añadir que no sea lo de siempre, las opciones se reducen de un modo considerable y hay que tirar de imaginación y darle un punto de histrionismo a la cosa. Y en política lo mismo, porque imagínese tener que mantener un debate público sobre Cataluña durante meses sin cambiar de postura ni de argumentos ni nada, contando la misma milonga una y otra vez a millones de personas. Te acaba saliendo la vena dramática, el artista interior, y al final te dedicas más a marcar el estilo, tu sello personal, que a digamos profundizar. Sales ahí a darle vidilla a la polémica para que la gente no se amuerme, así de simple, y cada intervención es un nuevo desafío a la soberanía española pero también a tu creatividad, a tu pasión para transmitirlo y hacer que la gente vibre por dentro con las cuestiones eternas. 

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